La sangre se deslizaba por las losas y se acumulaba en grietas imposibles. Tras el combate, solo quedaban armaduras abiertas a la fuerza, cuerpos destrozados y armas abandonadas a medio uso. Los Siembrasangres avanzaban entre los restos sin apartar la vista.
—Demasiado fácil —gruñó uno, pateando el cadáver de un tau que se deshizo bajo su bota—. Apenas luchaban.
—Eso no es cierto. Luchaban… pero morían igual. —Soltó otro con una carcajada áspera.
Los depósitos de sangre Astartes y otros químicos en sus espaldas, palpitaban como órganos vivos, bombeando líquido oscuro a través de tubos clavados en carne y metal. Cada latido alimentaba su furia, mantenía sus músculos tensos, su mente fija en una sola idea. Más.
Kharzak el Desollador caminaba al frente del grupo, pasando la mano enguantada por una pared manchada, como si pudiera leer en la sangre lo que había ocurrido allí.
—Aquí ya no hay nada —dijo al fin, sin levantar la voz—. Esto… ya está muerto.
Se detuvo un instante y miró hacia el descenso que se abría más adelante, una rampa que se perdía en la oscuridad profunda de la necrópolis.
—Pero ahí abajo… —añadió, esbozando una sonrisa lenta—. Ahí abajo aún hay algo que puede sangrar por nosotros.
A su espalda, los orkos irrumpieron en el pasillo entre empujones y risas, arrastrando restos, discutiendo a gritos y disparando por puro placer a lo que encontraban.
Kharzak ni siquiera se volvió.
—Dejad que hagan ruido —murmuró—. Nos abrirán el camino… hasta que deje de convenirnos.
Y echó a andar hacia las profundidades. El descenso fue largo, pero no silencioso. Los orkos gritaban, discutían y golpeaban las paredes como si quisieran despertar algo a propósito, mientras los Siembrasangres avanzaban más contenidos, reservando su violencia, dejándola crecer bajo la piel.
—Cuando encontremos algo digno —dijo uno de los cultistas—, no dejaremos nada para ellos.
—Si sobreviven tanto —respondió otro.
Kharzak sonrió sin intervenir. Finalmente, el pasillo se abrió. La sala que encontraron era distinta a todo lo anterior: vasta, intacta, como si la guerra aún no hubiera llegado hasta allí. Las paredes negras se alzaban lisas, sin cicatrices, y al fondo, dominándolo todo, se encontraban las dos grandes puertas cerradas. Imperturbables.
Kharzak avanzó hacia ellas sin dudarlo, alzando la vista mientras se acercaba, evaluando su tamaño, su forma, su silencio.
—Aquí empieza de verdad —murmuró.
Alzó el brazo y golpeó con el puño reforzado. El impacto resonó con fuerza en la sala, pero la puerta no respondió. Volvió a golpear, esta vez con más violencia. Nada.
—Empujad —ordenó, sin apartar la mirada.
Los Siembrasangres se alinearon junto a él y descargaron su fuerza contra la superficie. Los implantes chirriaron, la sangre bombeó con furia en sus espaldas, los músculos se tensaron hasta el límite… pero la puerta permaneció inmóvil. Kharzak escupió, frustrado.
—Maldita sea…
Una carcajada grave sonó a su espalda.
—¿Los pequeños humanos no pueden con una puerta? Jajajajaja. Esto… es trabajo para orkos.
El jefe orko avanzó entre ellos, apartando cuerpos como si fueran poco más que estorbo. Su enorme mano se cerró sobre un gretchin cercano, que chilló al instante al verse levantado del suelo junto a la desproporcionada mochila de explosivos que cargaba.
—¡Jefe, no, espera, no…!
El orko lo lanzó contra la puerta con despreocupación. El pequeño cuerpo impactó y quedó allí aturdido. Kharzak abrió la boca para hablar, cuando vio al jefe orko agarrar el lanzamisiles que llevaba a la espalda.
—¡Atrás! —rugió.
El disparo salió.
La explosión sacudió la sala entera. Una onda de choque brutal lanzó a los Siembrasangres contra el suelo, llenando el aire de fuego, fragmentos y un ruido que anuló todo lo demás.
Durante unos segundos, el mundo dejó de existir.
Cuando Kharzak logró incorporarse, lo hizo gruñendo, escupiendo sangre y polvo mientras trataba de enfocar la vista. La puerta… ya no estaba entera. Media estructura había desaparecido, arrancada por la explosión, mientras la otra mitad colgaba deformada. El camino estaba abierto.
El jefe orko avanzó entre los restos, riendo a carcajadas.
—Boom —dijo—. Jajajajaja.
Pasó junto a ellos sin mirar atrás, como si aquello no hubiera sido más que un juego. Kharzak lo observó un instante, la rabia ardiendo bajo su piel. El polvo comenzó a disiparse y pequeños puntos de luz verde comenzaron a brillar. Al principio unos pocos, pero fueron aumentando cada vez más y más. Se movían al unísono, frías, precisas, emergiendo de la oscuridad como una marea ordenada. Necrones.
Kharzak dejó escapar una risa baja, cargada de anticipación.
—Ahora sí…
Sus hombres se levantaron a su alrededor, activando armas, sintiendo cómo la sangre en sus depósitos volvía a hervir con renovada violencia.
—Preparaos —dijo, sin apartar la mirada de las luces—. Nada de morir sin matar.
Dio un paso al frente.
— Ahora sí que empieza la matanza.
Alzó su arma, y su voz resonó en la sala como una promesa.
—¡Sangre para el Dios de la Sangre! —Gritó mientras cargaba hacia los nuevos enemigos.