Una de las naves de la Orden de Nuestra Señora Mártir descendía hacia Somneft envuelta en fuego atmosférico. En la capilla de desembarco, las Hermanas de Batalla aguardaban en silencio. Servoarmaduras color marfil marcadas por cicatrices de guerra. Sellos de pureza colgando como piel seca. El aire olía a incienso y aceite sagrado.
La Hermana Superior Aemilia observaba el planeta a través del visor táctico proyectado en el ordenador central. Somneft era gris. Sin vida.
Un icono rojo parpadeó en el altar de datos. Conexión entrante desde la Eclesiarquía. La imagen del Cardenal-Prelado apareció suspendida en luz estática. Su rostro era una red de arrugas y fervor.
—Hijas del Emperador —dijo mientras su voz resonaba por toda la nave —. Una señal ha sido detectada bajo la superficie del planeta designado Somneft. La señal indica activación de una necrópolis necrona. El material allí contenido no debe caer en manos ajenas a La Eclesiarquía, y mucho menos del Imperio. Artefactos, matrices de datos, núcleos de energía… todo será asegurado o destruido.
La imagen parpadeó brevemente.
—Detectamos numerosas naves en órbita. No sois las únicas que han respondido a la llamada. Xenos, herejes y oportunistas.
El silencio se hizo más pesado.
—Recuperad lo que deba ser recuperado. Purificad lo que deba ser purificado. Y si es necesario… morid en el intento.
La transmisión terminó. Una Hermana hizo la señal del aquila sobre su pecho blindado.
—El Emperador protege —murmuró otra.
Aemilia se volvió hacia su escuadra. Diez guerreras. Rostros duros. Miradas inquebrantables.
—Habéis oído al Prelado —dijo con su voz tranquila—. Bajo esa piedra duermen xenos.
Se acercó al compartimento de armamento pesado y colocó la mano sobre su espada sierra.
— Recuperaremos lo que sea útil y quemaremos lo que no lo sea. Todo por la gloria del Emperador.
La nave tembló al atravesar la última capa de nubes de polvo hasta que todas sintieron el impacto de aterrizaje. Entonces, las compuertas se abrieron. El aire de Somneft entró frío y seco, arrastrando partículas grises que se colaron en la rampa.
Aemilia descendió la primera. El horizonte estaba lleno de luces. Otras naves. Otros invasores.
—Hermanas —dijo mientras activaba su espada sierra—. Caminamos hacia la oscuridad. Que ardan todos los que se opongan al Emperador.
La hoja rugió al encenderse.