El fragmento de C'tan permanecía inmóvil en el centro de la cámara, envuelto por un halo de energía verde que ondulaba como una llama. A su alrededor, decenas de cadáveres cubrían el suelo de la necrópolis. Restos de orkos, marines espaciales, hermanas de batalla, aeldari y necrones se mezclaban bajo una misma alfombra de sangre, metal y piedra fracturada.
Una enorme puerta comenzó a abrirse al fondo de la sala. De entre las sombras surgió una figura alta y esbelta. Su necrodermis era negra como el vacío entre las estrellas y una corona de circuitos verdes rodeaba su cabeza. No necesitó presentar su autoridad. La propia necrópolis pareció reconocer a su soberano. Los glifos de las paredes se iluminaron a su paso y las columnas inclinaron levemente sus haces de luz hacia él.
El C'tan lo observó unos instantes.
—Así que al fin despiertas.
El rey recorrió la sala con la mirada. Se detuvo un instante en los cuerpos despedazados, después en los restos de varios nobles necrones reducidos a chatarra, y finalmente fijó sus ojos esmeralda sobre el antiguo dios.
—¿Es esto lo que queda de un C'tan? —preguntó con una calma insoportable—. Esperaba encontrar un dios. Solo encuentro una bestia.
El fragmento respondió con un rugido que hizo temblar los pilares de la cámara.
—¡Vosotros me hicisteis esclavo! ¡No volveré a servir a vuestra raza! ¡Destruiré esta necrópolis piedra a piedra y después buscaré al resto de vuestra especie hasta extinguirla!
El rey no respondió. Se limitó a levantar lentamente una mano. Entre sus dedos apareció un pequeño cubo transparente. Parecía un objeto insignificante, sin adornos. Sin embargo, cuando el C'tan lo vio, toda la furia desapareció de su rostro. Por primera vez desde que había despertado retrocedió.
—No... No... Ese artefacto no...
El rey sostuvo el cubo frente a él como quien contempla una herramienta perfectamente conservada.
—Vuelve a tu lugar.
El C'tan rugió con toda la fuerza de un sol moribundo y se lanzó hacia él envuelto en un torrente de energía capaz de desintegrar montañas. El cubo respondió con un único destello glauco. La energía que envolvía al C'tan comenzó a plegarse sobre sí misma, como una estrella colapsando antes de extinguirse.
El fragmento quedó suspendido en mitad de su carga. Su cuerpo comenzó a vibrar con violencia mientras incontables filamentos de luz escapaban de su pecho y eran absorbidos por el cristal.
—¡No! ¡Otra vez no! ¡Malditos seáis tú y todos los de vuestra estirpe! ¡Algún día romperé vuestras cadenas! ¡Algún día recordaréis por qué los dioses gobernaban las estrellas!
Sus palabras se transformaron poco a poco en un grito desesperado hasta que la vibración cesó. El rey cerró los dedos alrededor del cubo y guardó el artefacto bajo su manto sin pronunciar una sola palabra más. Durante unos instantes, el silencio reinó en la cámara.
El rey se volvió entonces hacia la salida y abandonó la cámara con la misma serenidad con la que había entrado. A cada paso que daba, la necrópolis despertaba un poco más. Obeliscos ocultos emergían del suelo, corredores enteros cambiaban de configuración y las inmensas puertas de necrodermis comenzaban a cerrarse una tras otra.
El C'tan observó la espalda de su antiguo amo mientras desaparecía entre las sombras. Después, sin recibir una sola orden, giró lentamente la cabeza hacia los corredores superiores y comenzó a avanzar. No porque lo hubiera decidido, sino porque los grilletes invisibles que lo habían esclavizado millones de años atrás seguían aferrados a su esencia.
En toda la necrópolis, la señal que había atraído a incontables razas hasta Somneft se extinguió como una estrella agonizante. En la superficie, los sensores dejaron de detectarla. En el interior, las últimas rutas de escape desaparecieron tras gigantescas puertas de piedra negra. Los invasores alzaron la vista al escuchar el eco de los cierres resonando por toda la montaña. Habían llegado creyéndose saqueadores, pero ahora eran las presas de un dios olvidado.