La carga explotó con un rugido seco que sacudió la cámara entera. La puerta de la sala, negra y milenaria, se abrió en una nube de polvo y fragmentos incandescentes. Erik bajó el detonador sin decir nada.
—Abierto —gruñó.
Los Lobos Espaciales avanzaron con cautela, bólteres en alto, formando una media luna mientras el humo se disipaba lentamente ante ellos. La sala era vasta. En el centro, un sarcófago abierto. Alrededor… restos. Decenas de necrones despedazados. Extremidades de metal retorcido, cráneos abiertos y núcleos apagados.
—Por Russ… —murmuró uno.
Al fondo de la cámara, suspendido a un metro del suelo, flotaba algo que no debía existir. Una figura humanoide, gigantesca, envuelta en una luz verde que parecía respirar, distorsionando el aire a su alrededor. En su mano, una lanza que no era un arma, sino una prolongación de algo más antiguo. La criatura giró la cabeza hacia ellos y habló en una lengua primigenia. Era algo anterior al lenguaje, una vibración que hacía temblar los huesos dentro de la armadura. El líder del grupo, Wulfrik, activó su consola.
—Tradúcelo.
—Cómo os atrevéis a esclavizarme… —la voz mecánica era inestable, forzada—. A mí… Todos pagaréis por este insulto. Pienso destruir todo este lugar hasta que no quede nada.
Tras un breve silencio, la figura empezó a levitar hacia ellos.
—¡A las armas, hermanos! —rugió Wulfrik.
El lobo fue el primero en reaccionar. Saltó hacia delante con un aullido feroz, colmillos expuestos, cuerpo tenso como un proyectil vivo. Al tocar la luz verde que rodeaba a la criatura, su cuerpo se desintegró en una nube de polvo que se dispersó en el aire como ceniza. Wulfrik apretó los dientes.
—¡Atrás! ¡Nada de cuerpo a cuerpo! ¡Disparad!
Los bólteres tronaron al unísono. Proyectiles explosivos impactaron contra la figura… y desaparecieron antes siquiera de tocarla, consumidos por aquella energía imposible. El C’tan no se detuvo. Con el primer movimiento de su lanza, un Lobo Espacial desapareció. Sin sangre. Sin grito. Solo ausencia.
—¡Moriréis todos! —retumbó la traducción—. ¡Reduciré esta cárcel a cenizas!
El combate se volvió caos. Los Lobos disparaban, se replegaban, intentaban rodearlo… pero no había patrón, no había debilidad. Solo una presencia que ignoraba todo lo que le lanzaban mientras los borraba uno a uno de la existencia. El Sacerdote Rúnico dio un paso al frente, sus ojos brillando con una luz azul intensa.
—Hermano… —dijo, con voz grave—. Ya tenemos lo que hemos venido a buscar. Si morimos aquí, la misión muere con nosotros.
Wulfrik no respondió de inmediato. Observó cómo otro de sus hombres desaparecía bajo el toque de aquella lanza y maldijo.
—Tienes razón… maldita sea —escupió—. ¡Erik! Necesito que selles este acceso. Que esa cosa no nos siga.
Erik ya estaba en movimiento.
—Dame tiempo.
—Lo tendrás —gruñó Wulfrik, avanzando—. Y tú —miró al Sacerdote—, cúbreme.
El aire comenzó a congelarse. Una ventisca sobrenatural se alzó en la cámara, hielo y escarcha envolviendo al C’tan en un intento desesperado por ralentizar lo inevitable.
Wulfrik cargó. Su espada de energía rugió al encenderse, trazando un arco azul que cortó el aire helado mientras se lanzaba contra la figura. El C’tan giró hacia él y su lanza descendió. Wulfrik la esquivó por un instante, lo justo para alcanzar la figura con un tajo brutal… que no encontró carne, ni metal, ni resistencia. Solo vacío.
Entonces la lanza volvió. Atravesó su abdomen y salió por su espalda en un estallido de energía. Wulfrik gruñó, el aire escapando de sus pulmones. Sus manos se cerraron sobre el asta de la lanza. Alzó su espada y descargó un golpe tras otro contra el brazo que sostenía el arma, como si pudiera herir a un dios a base de pura voluntad.
—¡AHORA! —rugió.
—¡Cargas listas! —respondió Erik desde la retaguardia.
El Sacerdote Rúnico apareció a su lado.
—Hermano…
Wulfrik giró la cabeza lo justo para mirarlos.
—Retirada —dijo, con voz firme a pesar de la herida—. Completad la misión.
El C’tan tiró de la lanza, pero Wulfrik no la soltó.
—¡Corred! —bramó con sus últimas fuerzas, descargando un último golpe desesperado—. ¡Por Russ!
El Sacerdote Rúnico apoyó una mano sobre el hombro de Erik.
—Nos vamos.
Se volvió hacia los demás.
—¡Retirada! ¡Ahora!
Los Lobos comenzaron a retirarse, uno a uno, cubriéndose mientras retrocedían por el pasillo destrozado. Erik fue el último en marcharse. Miró una vez más hacia la sala y vio cómo su líder seguía en pie.
—Adiós, hermano… —murmuró mientras activaba el detonador.
La explosión selló el acceso en una avalancha de piedra, metal y fuego. El eco retumbó por los pasillos de la necrópolis. El grupo avanzó con el único sonido de las servoarmaduras golpeando las losas de los oscuros pasillos. Detrás de ellos, bajo toneladas de piedra, el nombre de Wulfrik quedó grabado para siempre en la memoria de la manada.