Korlandir corría. El talismán entregado por el Vidente Elthiar ardía contra su armadura, proyectando pulsos de luz espectral que señalaban la dirección. La disonancia estaba cerca. La sentía como un escalofrío en su espíritu.
Ante ellos, un arco ciclópeo sellado por rayos verdes entrecruzados apareció, y el talismán brilló con violencia. Habían llegado a la entrada de los niveles inferiores, acercándose cada vez más a la fuente de la disonancia que estaban buscando. Entonces, las paredes se abrieron.
Necrones emergieron del metal como espectros sólidos. A ambos lados del corredor, sarcófagos se activaron y figuras esqueléticas despertaron con ojos de esmeralda ardiente. Korlandir alzó su sable mordedor.
—Nuestro objetivo está ante nosotros. El enemigo estaba esperándonos. Ellos o nosotros, hermanos. Esta vez no hay senda de retirada.
El grito de las Espectros Aullantes desgarró el aire. Yraen fue la primera en chocar contra la línea enemiga. Su espada de energía descendió con precisión quirúrgica, partiendo en dos a un macrocito. Sin detenerse, rodó bajo las garras de otro constructo, ejecutó una voltereta imposible y cayó tras él, cercenándole la cabeza en un arco limpio de luz azul. Una obra perfecta.
Un trepatumbas emergió como una avalancha de metal. Su pata atravesó el pecho de Yraen antes de que pudiera reaccionar. El impacto levantó su cuerpo del suelo. Su grito se quebró mientras la gigantesca máquina buscaba otra presa, sin preocuparse de separar el cadáver de su extremidad.
Los Vengadores abrieron fuego desde la retaguardia. Las catapultas shuriken vomitaron tormentas de monofilamento que arrancaban extremidades y desmembraban guerreros necrones. Los Escorpiones irrumpieron entre ellos, espadasierras rugiendo, pistolas disparando ráfagas cortas y mortales.
Korlandir cargó. Su sable mordedor atravesó a un macrocito antes de que éste detectara su presencia. Cayeron tres más hasta que un trepatumbas embistió. El Exarca saltó, descendió sobre su lomo y hundió la hoja hasta su núcleo. El coloso explotó en energía verde.
Pero los necrones no cesaban, eran infinitos. Entonces, Korlandir lo vio. Al fondo del corredor, entre nodos de obeliscos que emergían de las paredes, el Geomante. Rayos de luz cerúlea brotaban de su arma, alcanzando a los aeldari. Donde tocaban, la materia se convertía en polvo suspendido. La misión había fracasado.
Korlandir rugió y cargó contra la figura metálica. Decenas de macrocitos y trepatumbas se abalanzaron sobre él. Garras, descargas y un peso abrumador. Su sable mordió por última vez antes de que las patas perforadoras atravesaran su armadura. El Exarca desapareció bajo una marea de metal.
Un silencio sepulcral inundó la sala cuando el último de los aeldari expiró.
— La amenaza aeldari ha sido exterminada. Eficiencia aceptable. Pérdidas estructurales mínimas. —Pensó el geomante Vazhekt.—
Silencio en los corredores. Solo fragmentos de polvo suspendido donde antes había carne y espíritu.
— Los marines corrompidos han abandonado la necrópolis. Prudente decisión. Nuevas lecturas emergen. Dos grupos humanos se enfrentan en los niveles superiores. Firmas genéticas casi idénticas. Variantes culturales divergentes. Violencia intraespecie persistente. No intervenir. Conservación de recursos. Eliminación posterior de supervivientes.
Los macrocitos se replegaron a posiciones elevadas. Los trepatumbas aguardaron en cámaras adyacentes.
— Anomalía persistente. Irregular. Profunda. No corresponde a protocolo dinástico… Primero, los humanos. Después… Descender e investigar. Corregir. Conservar.