Los Lobos Espaciales habían hecho retroceder a los Vigías de la Muerte. El corredor superior de la necrópolis estaba cubierto de casquillos, sangre y fragmentos de armadura astartes. El combate había sido feroz, y aunque los hijos de Fenris habían prevalecido, lo habían hecho a un precio alto. Sus respiraciones eran pesadas dentro de los cascos. Sus servoarmaduras mostraban grietas, impactos, señales de energía residual.
Entonces, las paredes se abrieron. Macrocitos descendieron desde bóvedas ocultas como depredadores mecánicos. Sus cuerpos serpentearon entre columnas y estatuas, lanzándose contra los humanos. Explosiones a quemarropa y disparos precisos. Ningún constructo consiguió alcanzar a un solo marine. Uno tras otro, los macrocitos fueron destruidos antes si quiera de suponer una amenaza real.
—Error de cálculo. — Pensó el geomante Vazhekt.
Los Trepatumbas avanzaron. Sus armas se activaron con un zumbido grave. Rayos glaucos transdimensionales cruzaron el aire como cuchillas de luz enfermiza. Un Lobo Espacial gritó cuando el haz lo alcanzó. Su armadura chisporroteó… y desapareció. No hubo explosión. No hubo sangre. Solo ausencia. Los marines comenzaron a desaparecer uno tras otro. Las servoarmaduras no estaban diseñadas para resistir aquello.
—¡Avanzad! —rugió Wulfrik, líder de los lobos.
Cargó como una tormenta. Su espada de energía trazó un arco devastador que partió la cabeza de un Trepatumbas en dos. El coloso metálico se desplomó con un estruendo.
Las bajas aumentaban en ambos bandos. Los Lobos disparaban sin descanso. Los constructos reaparecían desde pasillos laterales. Entonces Wulfrik vio al titiritero de todas aquellas marionetas de metal. La figura metálica observaba desde la retaguardia.
Wulfrik volvió a cargar, esta vez hacia el geomante. Un macrocito se interpuso, recibió el golpe destinado a su amo y fue partido en dos. Otro se enroscó en el brazo que empuñaba la espada, ralentizando el movimiento. Un tercero se aferró a su pierna, obligándolo a arrastrarla. Wulfrik rugió y desgarró metal con violencia salvaje. Los macrocitos no retrocedían. Se sacrificaban para darle una oportunidad a su líder.
Cuando Wulfrik alzó la vista el Geomante ya no estaba. Demasiado tarde. La figura emergió del suelo tras él, atravesando la piedra como si fuese bruma. Su lanza ascendió y atravesó a Wulfrik, entrando por su espalda y apareciendo por su boca. El último Lobo cayó.
—Los intrusos han sido eliminados. Eficiencia final, satisfactoria. Necrópolis asegurada. Nueva prioridad: anomalía. — Pensó Vazhekt mientras observaba los restos.
Regresó a la puerta de los niveles inferiores, donde el polvo de los aeldari aún flotaba suspendido. La selladura verde se abrió ante él. Descendió por pasillos oscuros, estatuas ciclópeas y energía latente bajo cada losa.
—Señal cercana. Origen inminente.
Entonces… Silencio. La señal desapareció.
—Imposible. Error lógico. Fuente no localizada.
Una sombra se movió. Una lanza descendió desde arriba y atravesó su cráneo, su torso y las losas negras bajo sus pies. El impacto lo fijó al suelo como un insecto disecado.
Una voz antigua, inmensa y metálica resonó en la cámara.
—¿Cómo os atrevéis a usarme para vuestros fines? Pienso destruir este lugar y exterminaros a todos. — Dijo una voz en un idioma primigenio. Anterior a las dinastías.
La luz verde en los ojos de Vazhekt titiló.
—Anomalía… confirmada… —Pensó Vazhekt mientras su eterna vigilia terminaba.