El estruendo de los cañones resonaba en el aire como un rugido continuo. La fortaleza de Dársalon temblaba bajo la lluvia ácida que caía del cielo envenenado, mientras columnas de humo se elevaban hacia las nubes bajas. Desde la torre de mando, Septimus Corvan observaba los monitores parpadeantes. Cada línea roja que desaparecía en el mapa táctico era un batallón perdido. Cada punto azul que se apagaba, una vida imperial extinguida.
—¡Reestableced las comunicaciones con el frente norte! —ordenó, con la voz cargada de desesperación.
—Señor, los canales están saturados. Las señales... se distorsionan. —El técnico tragó saliva—. Es como si alguien las estuviera manipulando.
Corvan se giró hacia la mesa de mando. Todo se desmoronaba. Los sistemas de defensa orbital se habían silenciado una hora atrás sin explicación, y los informes de sabotajes internos llegaban en oleadas. En algún punto de la línea de mando, algo—o alguien—estaba rompiendo el orden desde dentro.
—¿Dónde están los refuerzos de los tau? —preguntó, sin apartar la vista de los mapas.
Nadie respondió. Entonces, el zumbido familiar de un servocráneo iluminó la estancia. Un holograma azul se desplegó frente a él, mostrando el rostro sereno del Embajador N’tal.
—Gobernador Corvan —dijo con calma, su voz como un río helado—. Mis más sinceras condolencias. Vuestro frente ha caído.
—¡No! ¡Aún podemos resistir! —replicó Corvan—. Si conseguimos reagrupar las fuerzas y—
—No podéis —lo interrumpió el tau con amabilidad cruel—. Habéis perdido antes de empezar. Hay traidores en vuestras filas, agentes del enjambre. Lucháis en dos frentes a la vez sin saberlo. El planeta está perdido. — El holograma titiló — Nos retiramos. El Bien Supremo no desperdicia vidas en una causa muerta. Que el destino os sea propicio, Gobernador.
La proyección se desvaneció, dejando tras de sí un silencio que pesaba como plomo. Corvan apretó los puños. Todo su trabajo, su ciudad, su gente... condenados. Un rugido lejano hizo temblar los ventanales: los tiránidos ya estaban en los muros.
Un oficial irrumpió corriendo. Era el general Halbrecht, su amigo, su confidente.
—Septimus... tenemos que evacuarte —dijo con urgencia.
—No —respondió Corvan, la voz ronca—. Moriré con mi ciudad.
El general asintió... demasiado tranquilo.
Corvan frunció el ceño—. ¿Qué estás...? –
El primer golpe del cuchillo lo dejó sin aliento. Luego vino otro. Y otro.
Halbrecht lo sostuvo mientras su vida se escapab. Su voz, un susurro venenoso junto a su oído.
—Por el enjambre.